El cierre del Bar Rey
El cierre del Bar Rey marca un nuevo hito en
el nuevo y posmoderno urbanismo que hace años azota la ciudad de Montevideo. La
compra del boliche para, en su lugar, colocar una nueva sucursal de la
despiadada cadena de almacenes —o, mejor dicho, mini supermercados— no solo nos
consagra, una vez más, como una sociedad en la cual no se vislumbra un futuro
distinto a uno donde va a primar una singular y patológica forma de ser unos
culos rotos, sino que, poco a poco, se va comiendo una tradición histórica que
gran parte de la población desconoce o que siente ajena.
El Bar Rey estaba junto a la Plaza Seregni, un
lugar particular sobre la calle Joaquín Requena. Ostentaba —lo que a esta
altura ya es un mobiliario prácticamente extinto— una barra alta con mostrador
desde donde Milauro Rey, y luego José (Pepe), conversaban con los parroquianos
y con cualquier otro que se acercara a apoyar el codo sobre la barra,
intentando que el tiempo pasara lo más rápido posible. También tenía una
máquina para cortar fiambre, desde la cual uno podía ver las fetas translúcidas
de salame que se iba a comer en uno o varios refuerzos. Incluso en el cartel que estaba en su fachada, por debajo del nombre del bar, se podía leer ''fiambrería''. Un bar de copas, de esos que abundaban en la época del Bajo, lo
que ahora se conoce como la Ciudad Vieja, esas pulperías que servían como
pequeños bastiones del hedonismo y el ocio desmedido. Cunas de angustias,
reencuentros y encuentros que no se volverían a repetir. De las mismas se puede leer en los fabulosos tomos que escribió el dramaturgo y escritor Milton Schinca llamados Boulevard Sarandí, una especie de recopilación de anécdotas, sucesos y ''gentes'' - como dice el subtítulo del primer tomo- con motivo de los 250 años de Montevideo.
Fundado alrededor de 1949, el bar, según
cuentan sus propios dueños oriundos de Galicia, siempre se mantuvo igual.
Si bien generó cierto grado —minúsculo— de
conmoción entre los internautas que recibieron la noticia a través de un posteo
en Instagram, el cierre del Bar Rey es solo un fiel reflejo de la actualidad.
Es un cierre, o una venta, hija de sus tiempos. Sería un cliché bastante infame
e innecesario que me ponga a elucubrar razones, argumentos e incluso
observaciones del porqué se van muriendo estos rincones de la ciudad, que se
mantienen gracias a los encuentros o incluso gracias a los pequeños espacios
que se puede dar uno entre el ritmo vertiginoso de la rutina y la ansiedad
desmedida, poco a poco inyectada cada vez más en todos nosotros. Ya sabemos
que, a pesar de vivir en la era de la información y de la conexión, cada vez
más nos posicionamos en la vereda opuesta a estos conceptos. También podría
parafrasear a los urbanistas y arquitectos preocupados por la pérdida
patrimonial que significa la entrega de estos locales a manos extranjeras, las
cuales, una vez llave en mano, levantan las persianas de sucursales comerciales
que, como diría un amigo, asesinan el espíritu olímpico que cada barrio puede
tener. Por supuesto: “hay barrios que son barrios, y otros barrios que son solo
un lugar”.
Laura Alemán y Laura Cesio en su libro Arquitectos Uruguayos 01 repasan la obra de las personas que fueron fundamentales dentro de esa generación de profesionales que buscaron impulsar la renovación arquitectónica uruguaya como Juan Antonio Scasso. Si bien nunca pisé la Facultad de Arquitectura salvo para ir a buscar a un amigo, a pesar de haber sido criado a la vuelta en esa cortada que supo ser durante muchos años la ''cortada manya'' y donde florecen los jacarandás en un momento en particular del año, el libro no resulta denso ni mucho menos agotador para nosotros quienes no tenemos ni puta idea de los aspectos técnicos y las florituras académicas en las cuales podría haber ahondado el libro.
Scasso, al igual que muchos de sus colegas, hablan del gran impacto que causó en su trabajo la visita de Le Corbusier a Montevideo en 1929. La visita del arquitecto nacido en Suiza pero nacionalizado Francés cayó en un momento en el cual la generación de Scasso estaba atravesando una suerte de interés general por la formación del movimiento moderno. En los años inmediatos a la visita, realizaron una serie de campañas en defensa de lo que llamaron ''La nueva arquitectura'', especialmente una campaña contra el proyecto académico para el Palacio de Gobierno que iba a ser realizado donde hoy está el Palacio Municipal.
Nelson Di Maggio lo llamó a Scasso ''el arquitecto de Montevideo''. Entre sus obras mas destacadas se encuentra la Escuela Experimental de Malvín ubicada en Dr. Decroly entre Michigan y Dr. Estrázulas, que fue declarada monumento histórico nacional en 1989. Si bien Scasso desde mediados de los años veinte se inclina hacia el art decó, que como las autoras explican se caracteriza por ''buñados verticales, bajorrelieves y trabajadas rejas'' realizón un gran trabajo cuando fue arquitecto municipal y Director de Paseos Públicos, con un fuerte acento en el aprovechamiento de las cualidades especificas de cada zona como lo pueden ser la rambla, los parques, entre otros espacios verdes y al aire libre.
Supo ser presidente de Peñarol, y es un dato de color y no menor ya que también tuvo una actividad gremial muy importante(fue miembro de la SAU, integró en forma honoraria diversas comisiones, etc) y consolidan su perfil como el de un tipo que como se imaginaran, era bastante completo.
Después de leer cuanto me extendí para intentar llegar a un punto el cual veo que ya es innecesario que llegue en algun momento, me parece que debería de soltar ese párrafo colgado que ilustra ciertos conceptos sobre la preservación de los espacios y la intención de aprovechar esos espacios. En vez de seguir divagando al respecto la arquitectura, su funcionalidad dentro de las sociedades, los impulsos y esfuerzos por preservar el patrimonio y, como me gusta pensar, la personalidad de cada barrio o lugar, del intendente de Montevideo desde 1995 hasta 2005 el finado Mariano Arana, pero creo que lo mejor es que vuelva al punto central de este chorro de palabras concatenadas y verborragicas.
Recuerdo ir bastante seguido, al menos en una
etapa particular de mi vida, al Bar Rey. Yo trabajaba repartiendo volantes para
una rentadora de autos y para una empresa de tecnología. Mis jornadas se
reducían a caminar durante cuatro horas, a veces acompañado y otras veces en
completa soledad, desde las 9 hasta las 13. Si bien no era yo quien elegía qué
barrio iba a transitar —más bien me soltaban desde una camioneta en el primero
que se le ocurriera al jefe—, tuve la oportunidad de circundar la Plaza Seregni
una cantidad de veces. Es entonces que decidía refugiarme en ese bar para tomar
varios cafés en vaso y comer un refuerzo de salame y queso. Recuerdo
especialmente una mañana en la cual no había desayunado en mi casa, me dirigí
al bar y pedí que me sirvieran uno de esos refuerzos. Al terminarlo, y como un
gesto inconsciente, comencé a pescar las migas que descansaban estáticas en la
superficie del plato. Ante esta acción, la señora que se sentaba enfrente mío,
mirando hacia mi mesa, alza su plato y me dice: “Agarre, mijo”. Yo, por
supuesto, me negué y agradecí ese gesto que, en su momento, me pareció tan
poderoso que no pude pensar en otra cosa en toda la mañana. Quiero decir, esa
capacidad de observación fue lo que finalmente logró fulminar mis sentidos y
aportarme una extraña melancolía casi olvidada para mí.
¿Qué más se puede decir? Los polos
gastronómicos se mueven de acuerdo con las necesidades de una zona. Es decir,
se adaptan a las crisis y a los consumos de la población. Habla de nosotros, el
cierre, por supuesto. Que se apruebe la apertura de un Kinko en ese mismo lugar
significa que previamente hubo un estudio de mercado desde el cual llegaron a
la conclusión de que no muchas personas buscaban ese bar de copas y que era
menester colocar otra porquería. Pero, por otro lado, también persisten e
insisten —un grupo determinado de emprendedores— en revitalizar estas
costumbres de las cuales estamos hablando. Si bien no consiguen llegar a su
esencia —los precios casi siempre son un disparate— al menos se busca
encontrarla en las mesas de cármica que muchos tienen.
En fin, otra victoria de los chupapijas.