Pau y sus tiempos
El artista repasó sus casi veinte años de trayectoria en un show íntimo a voz y guitarra en la sala Hugo Balzo del Sodre
No se preveían lluvias, pero la tormenta
marcaba presencia con su humedad asquerosa y niebla que se extendía como una
serpiente por la calle Florida. A lo lejos, no se podían divisar objetos ni
siluetas. Tampoco las grúas erguidas, imitando al Palacio Salvo y al hotel del
puerto.
El ascensor demora y siempre está tapado de
jóvenes que a sus espaldas llevan estuches con violines y/o otros instrumentos
de orquesta al igual que tabacos armados colgando de sus bocas.
—Bo, gurises, vengan —escucho que gritan desde
la habitación de al lado. Los camerinos quedan en el piso -2; hay que atravesar
un mostrador, acertarle a las puertas de los laberínticos pasillos y evitar
hacer ruido, como explican varios carteles que indican que están en
"función".
Nos acercamos. Pau hablaba sobre una consola
de 18 canales y tenía un vaso de té con limón en la mano.
—Pega la ansiedark, ¿cuánto falta?
Son tantos los años de trayectoria con los que
carga Paulino Duarte Bianchi —casi veinte desde su primer lanzamiento con
3Pecados y el disco ‘’Pesadillas para Niños y Travestis Dadaístas— que seguirle
el rastro es, por lo menos, una tarea complicada. Alucinaciones en familia,
3pecados, Relaciones Sexuales, María Rosa Mística, son
algunos de los proyectos en los cuales el músico ha metido mano. Es de esos
artistas cuya polivalencia y su incapacidad de concentrar todo en uno o dos
proyectos generan fascinación en cierto nicho. Cuantos más proyectos, mejor. Y
si son secretos y solo cuentan con material en crudo, sin mezclar y en un blog
perdido de internet, mucho mejor.
La temperatura afecta a las cuerdas, por eso
Pau dejó la guitarra ahí antes de salir a escena, sobre una silla en el
escenario, para que se acostumbrara a las luces con focos analógicos. Tocar al
aire libre con frío te hace tener las manos todo el tiempo en el clavijero,
afinando a las seis culpables de producir la música. Alguna conversación
inconclusa sobre GG Allin mientras exprime otro limón al que le va a tirar agua
caliente, la pierna que galopa y, cada tanto, la pregunta:
—¿Cuánto falta?
Y después, dieron sala.
El recital fue grabado, quizás para el segundo
disco solista de Pau, aunque la línea es difusa y se podría decir que no es el
segundo sino el tercero. Aún no sabemos, pero pongamos que es el primer disco
solista en vivo del cantante. De lo que sí podemos dar fe es de que existe un
registro de lo que fue el recital del jueves 15 de mayo en la sala Hugo Balzo.
Un foco iluminando los dos micrófonos y el
amplificador Laney. Una silla negra que sostiene la misma guitarra que se
estaba acostumbrando a la temperatura, y detrás un gran telón negro que caía
con elegancia. El escenario, reducido.
Pau o’Bianchi saluda con la mano y le pregunta
al público cómo está. El juego con el mismo es cómodo, no es para nada forzado.
Un ida y vuelta entretenido, que cuando parecía haber llegado a sus límites, el
cantante corta abruptamente al decir que la situación ya parecía un sketch.
Olvida apagar el amplificador antes de enchufar la guitarra y, cuando lo hace,
provoca una pequeña explosión sonora.
—Empezamos bien —agrega.
Luego afina y se acomoda los lentes. La gente
seguía entrando, ya que, a pesar de que hacer un recital en el Auditorio
Nacional le da cierta formalidad al asunto, Pau no acostumbra a subirse a esas
tarimas. Más bien, todo lo contrario, cuando toca con Jesús Negro y los Putos,
que donde mejor se los ve es a la distancia de un cuerpo en un sótano con las
paredes rayadas con nombres de bandas ilegibles.
Canta 3.674.125/4 , osea su cédula de identidad, y, cuando quiere
continuar, se acuerda de que no había sacado la lista de temas. Se levanta y busca en los bolsillos del jean. Luego siguió
con Suspensión Laboral y Tatuajes en la cara, ambas canciones
pertenecientes a Los No Fumadores.
El juego lúdico de la voz es, ya a esta
altura, una marca registrada en los tantos proyectos del músico. Juego lúdico
que no es el mismo que emplea Juan Wauters, que resulta un tanto más infantil e
inocente, sino que se acerca más al de Cameron Winter. Con esto, lo que intento
decir es que, si bien hay algo inocente en algunas letras de Bianchi, no se
caracterizan por ser burdas, sino que consiguen atravesar una emoción empleando
una imagen o un territorio común. Y la comparación con el cantante de Geese parte
de la cuestión de que el mismo, cuando se presenta en vivo y percibe cierta
emoción en el ambiente, producto de la ejecución o la interpretación de la
canción, busca adrede y a conciencia romper con eso, emitiendo algún tipo de
sonido gutural que provoca la risa en la audiencia.
Rompe un tanto con la emoción, en este caso Pau, en sus intervenciones entre canción y canción. No pareciese que por gusto, sino por cómo se componen sus ademanes y manierismos. Hay viveza y no hay grandilocuencia. Reconoce estar enojado consigo mismo, que el guitarrista hoy “no andaba bien”.
Árbol con bandera, de Millones de casas con fantasmas se ejecuta a la perfección con sus pausas y tensiones, una fantasmagórica y arrepentida balada de desamor que perfectamente pudo haber sido escrita por algún referente del twee pop, en la que el silencio está marcando su tiempo al pulsar la sexta cuerda al aire como si la canción estuviese intentando agarrarse de algo etéreo, intangible.
Dedica el concierto a su madre, agradece a quien lo estaba ayudando con el sonido, las luces y a Enjambre de Estrellas, productora del evento. Luego, encarecidamente —por decir algo— consulta al público si puede repetir algunas canciones, ya que estaban grabando.
—No me hacen el changüí, hacemos trampa, pero
no importa —dice, y luego pregunta—: ¿Cuál salió mal?
A lo que alguien en el público le grita que
ninguna, y el cantante le responde que no puede ser tan punk rock.
Tocó Encandila, de 3pecados, Tóxica y renacida, de Los No Fumadores, Hay un ángel durmiendo en uno de tus pulmones de Millones de casas con fantasmas, esa de la que habla sobre una niña de siete años que junta las cenizas del cigarro del narrador y como siempre, el mismo, no hizo nada.
Las canciones desnudas se sostienen por sí
solas. Se alterna entre el arpegio dulce, la cadencia y el tempo de la bossa
nova más rockera —como, por ejemplo, vemos en la canción Canas Verdes
del disco póstumo del Tussi Demateis— para luego pasar al rasgueo estridente.
Aunque haya advertido que no fue una buena noche para él y su guitarra, lo
cierto es que tocó bien, y los errores que pudo haber llegado a tener solo son
percibidos por aquel que los ejecuta, más no por la audiencia. Pero, a pesar de
los años de trayectoria y las diversas situaciones que atravesó en la primera
línea de fuego —los escenarios—, olvidó que nunca se los menciona a los mismos.
Al descubrir las canciones en solitario, otra
de las cosas a destacar es el manejo que tiene el cantante con los silencios.
Ya sea en Diciembra como en Bosques, no tiene miedo a dejar que
estos silencios se incorporen a la música y los deja habitar la sala, mezclarse
con el humo de la máquina que no deja de dispararlo, colocada detrás de él. Se
tambalea, contando las vueltas antes de volver a rasguear, y por un segundo,
todo se detiene. El uso del silencio, entonces, permite una especie de
amplificación de la idea de la canción. La voz melódica, un tanto nasal y, por
momentos, intencionalmente desafinada, que juega con gritos y destellos que son
mezcla rara entre estertores y coros, permite que todo sea un largo estribillo,
o al menos genera esa sensación.
Repite Una neblina, firmada con su nombre Pau y en colaboración con Minima. Al terminarla, muestra el pulgar y
agita el puño como festejando.
—Ya sobre el final me estoy poniendo las pilas
—dice.
La gente ríe y responde cosas. Mateo, desde el
sonido, le dice que Diciembra había quedado medio floja, y entonces la
repite. El humo vuelve a disparar y ahoga toda la sala. Termina y hace la cruz;
todos festejan y gritan.
Llegando al final del recital toca Bosques,
una versión despojada con delay que resultó como un mantra. Luego le sigue Mariana
de Millones de casas con fantasmas, una canción oscura y hermosa, el balance perfecto que a veces Paulino logra con una genialidad impoluta, y cierra finalmente con Secta de dos
lunas de Alucinaciones en familia. Agradece repetidas veces a la gente y se
despide, vestido completamente de negro.
Dos personas intentan arrancar la setlist pegada al escenario. La gente abandona rápidamente la sala. El humo queda colgado de los techos, al igual que el silencio.
Texto: Gerónimo Pose
Fotografías: Martín Izquierdo




