A la noche

 Frenamos al costado de la ruta. Podría ser la ruta 1, la 101 o incluso la 5. El freno de mano chirrió como un disparo de escopeta; grueso y sin movimiento. Las puertas pesadas del Fiat bostezaron y mis botas sobre el pasto generaron una onda suave y tímida que no llegó hasta el alambrado. Puse mis manos en los bolsillos mientras que Nico rápidamente encendió un Parliament dejando que este genere un surco de humo gris en el cielo. Entramos al restaurant sin hablar, las luces eran delgadas, como si hubiesen estado prendidas durante todos estos años y esto haya hecho que perdieran su fuerza. Había varios grupos de personas dispersados por el salón. Se escuchaba el ruido de labios mezclándose, hielos bailando en vasos a medio terminar y una banda que tocaba algo similar a un blues desfachatado. El baterista parecía haber estado bebiendo desde temprano, el bajista era un tipo alto y sin gracia totalmente desprovisto de algún swing aparente, mientras que el guitarrista tocó un riff esplendoroso que me habría erizado los pelos de los brazos de haber estado atento e inmerso en la situación. 

- ‘’Mira, la verdad, una mierda haber salido tan tarde, encima este saco que me diste está empapado de lágrimas’’

- ‘’y bueno, que queres que haga, la loca no paraba de llorar, no había manera de calmarla. Llegó un momento que dije ta, voy a dejar de hablar y me voy a dedicar a escucharla solamente, pero el llanto ese, pah, me hartó.’’

- ‘’vos estarías así o peor si hubiesen asesinado a tu familia’’.

Pedimos dos cafés largos para afrontar el tiempo que nos quedaba sobre la carretera antes de retornar nuevamente a nuestras casas, ninguno estaba con el estómago como para un whisky, aunque siendo sinceros yo sí, pero desvié la intención al escuchar que Nico le señaló a la moza de dientes grandes y pelo recogido, que quería un café y que lo iba a tomar con dos de azúcar.

Visualicé el lugar. Vi como entraba un muchacho, con aparente síndrome de down, saludando con un apretón de manos a todos menos a nosotros dos y a un pelado que ponía la boca como un pato para alcanzar a tocar el liquido atrincherado tras los últimos hielos del vaso.

Apenas entramos el loco nos clavó ambos ojos en el pecho, con una gracia fulminante y bulliciosa. Nico no lo notó, pero yo sentí como esos ojos azules impactaban en mis entrañas.

Luego de saludar, por último, al cocinero, cruzó la puerta y con su retirada el pelado se acercó a nuestra mesa.

"Y vos, ¿qué sos?" - amenaza con su voz. Viéndolo por primera vez tan de cerca me percaté de que era un tanto jorobado y ostentaba un hedor putrefacto

"Y vos?" respondo sin mirarlo a los ojos

"Estoico y frugal" - retrucó el pelado.

El frontispicio del restaurant estaba rayado hasta el cansancio, habiendo creado, este conjunto de dibujos irascibles y frases ilegibles, un mosaico caótico y hermoso.

"Es un gran pintor el abandono" recuerdo que Nico comentó antes de atravesar el umbral

Había lluvia. 

¿Están cómodos?

"No" - le contestamos al unísono

Nico agarró la cámara y le sacó una foto al cartel que rezaba "Hotel" a pocas leguas de distancia. La foto no permitía distinguir bien que se trataba de en efecto, un cartel luminoso, sino que nos ofrecía un paisaje negro y un aturdimiento del neón intentando salirse de la pantalla. 

- ‘’En la memoria queda una foto pixelada’’ me dice Nico, mostrándome un pedazo de cartón amarillento.

Una lavanda plantada específicamente debajo de una farola. La camisa verde gramilla estampada con la portada de un cd de alguna banda uruguaya olvidada.

La luna nos arranca una emoción cerrada.

Yendo de las Galápagos al mar de Japón.

"Yo lo que fui siempre fue ser timbero. Como mi viejo, lo que se hereda no se roba, ¿no? Jja. Pero soy ingenioso, nada de esas boludeces de las maquinitas, te comen todos los billetes enseguida. La rula, esa es la mía. Aunque juego solo acá en el pueblo, allá en la capital no hay más ni croupier ni nada, es todo con pantallitas y la puta que los parió. Los huevos bien puestos tengo como para darme cuenta de que eso, eso mismo, es un robo. Mi padre me decía, que, aunque se cayera a pedazos todo siempre hay tiempo para una vuelta. 

Un silencio emotivo llena el estanque sentimental a medio extinguirse del loco.

- ‘’también me decía’’, agrega, llevándose la mano izquierda a la altura del ojo, estirando hacia abajo su párpado con dos dedos, ‘’nunca confíes de quien no bebe’’.


Tenemos que volver a engancharnos al hilo del camino. Estábamos sueltos, estaba suelto. Nico cabeceaba, como una muda señal de que yo tendría que agarrar el volante. Pedí otro café y le metí dos sobrecitos de azúcar. Revolví, usando una cuchara exageradamente larga, y me detuve a observar como la espuma rubia se alejaba del centro, pegándose contra las paredes del pocillo, dejando un círculo negro hipnotizante en el medio de la taza. Un anillo oscuro abrazado por el fuego. 

- ‘’Ustedes no son de acá’’

- ‘’Y no, jefe, estamos de paso, venimos de un entierro allá en el kilómetro 25’’

- ‘’Hace muchos años, acá existió un bunker. Se prendió fuego, dicen que fue un loco que le tiró kerosene a los alrededores y claro, como era todo vegetación aquello, se incendió todo. Clarito me acuerdo, el capataz de la finca gritando, niños y mujeres primero. ¡Nadie le daba bola! Era la ley de la supervivencia, porque, suena muy lindo eso que hacían en el titanic, pero cuando llega la hora de actuar nadie piensa en nada más que en sus esfínteres. Y aquello fue una oleada de personas enloquecidas. Claro, sabían que si se quedaban papando moscas fueron. Y bueno, ahí fue que murió mi hija. Al loco que lo prendió fuego nunca lo agarraron. Hay rumores de todo tipo, viste como es esto, pueblo chico infierno grande. Hasta me ajusticiaron a mí. Me acuerdo que el rumor tomo forma y me apedreaban la casa, me iban a buscar todos, viste? Pero por suerte todo eso se fue calmando, además no tenían pruebas.

- ‘’Y fuiste o no fuiste vos?’’

- ‘’Nuuuu, tas loco, estaba mi hija ahí no te dije’’

- ‘’Y que tiene que ver, cada uno hay por ahí’’

- ‘’En eso tenes razón’

El loco se escudaba en frases lindas y ademanes precisos como un disparo de un rifle .22. No tuvo que contarme más detalles de nada, yo ya sabía que había sido el el autor de la masacre. Me chupaba un huevo, tenía otras cosas de las que preocuparme. Hasta que todo se resumió en una sola cosa. Todas mis intenciones confluyeron en unos ojos, cuando vi que entraba chorreando agua desde los pliegues de su vestido, la mujer del río. Nadie la miraba, y ese nadie no era yo. Caminaba lento, un poco automatizada, pero con un deseo cruzando la comisura de sus labios. Enseguida anhelé que fuera mía. Enseguida supe todo de ella. El viejo seguía con sus delirios cada vez más en declive y Nico hace rato había renunciado a la vigilia. ¿Era un destello onírico o una llamarada de hielo clavada en ese restaurant al costado de la ruta? Mi saco, colgado en el descanso de la silla, me transmitió frío, pero de todas maneras me lo puse. Seguí observándola, en estado profundo de meditación. Pasaron ante mi, imágenes, recuerdos pletóricos y cansancios acumulados. En todos estaba ella, en todos ella era quién se frotaba contra mi cerebro.

La mujer del río. Había crecido húmeda y rodeada de vida, no como yo, que habría de criarme en un bosque y en soledad. Encendí un cigarrillo en aquel lugar cerrado, no había un cartel que indicase lo contrario. Mi corazón conversó con sus arterias y sus venas, sus vasos dilatados. El bombeo incrementó hasta causar un dolor punzante. Hasta hacerme creer que de un momento a otro este podría fallar, causándome la muerte.


Deseaba recostarme junto a ella en el silencio del universo. Por lo que dure la eternidad.


La dama del río completó el trayecto y se sentó en una mesa, justo en el rincón. Yo me desperté y fui a su encuentro, esquivando la confusión del loco y los estertores de Nico. Fui, caminando, con ramificaciones brotando debajo de mis uñas, mis ojos puestos en su cuello, la ceniza del cigarro encendiendo mi vegetación tupida.


Montevideo, 2024

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