Divinidades subalternas

Se arrojó a un río de whisky y flotó con la exigua ayuda de una jeringuilla rebalsando lexotan diluido en ginebra.

- ‘’Mírame’’ dijo, y se insertó cuatro dedos en la boca, con la mirada lapidaria y expresionista.

Al toque comprendí que esto merecía estar ambientado con una de los Stones, pero ella ladró hasta lanzar un rayo de sangre tibia, argumentando que no debería ser tan predecible, que así nadie iba a tomarme en serio.

Luego de una taza de café y una temporada breve de spleen paranormal, salió del río. Era un 13 de setiembre del año 1846. Se monto encima de mí, como una perla frutal endemoniada y sin prometer palabra, cortó mis encías con el filo de su crucifijo

- ‘’ ¡Traidor!’’

- ‘’Otra vez vos y tus intentos de abarcarlo todo’’ contesté, atrapando los hilos rojizos y acaramelados que escapan con fuerza de las heridas abiertas.

- ‘’Ah si, que si el vals del carrusel, la coca cola y el humor de Bretón, sos un inadaptado, no servís para nada’’ exclamó la princesa, en compañía de la luna reducida y campos de espigas sin memoria, con manchas de café dándole vida al mantel avejentado.

Luego llegamos al acuerdo tácito y con la anuencia de cualquier Dios que en ese momento estuviese despierto, rascando la alfombra, que deberíamos cruzar el río de una puta vez, antes que los azules nos encuentren varados en esa isla de tierra.

No sabía cómo encararla. Sus ropajes aún escupían agua y su pelo húmedo chillaba cada vez que ella lo apretaba, escurriendo su líquido sobre mis libros.

- ‘’Estás como nervioso ahora’’

- ‘’Pasame un pucho y esa botella de ahí, que todavía le queda algo parece’’

- ‘’ ¿Seremos, vos y yo, aplanadoras temblorosas en un mundo de cemento y capital?’’

- ‘’No lo sé’’

Mi apatía la descolocó, y apagadamente alocada tomó su vestido con ambas manos y se posó al otro lado de la rivera, sin mucho esfuerzo. Era impactante ver a la princesa, esa divinidad subalterna, atravesar el agua sin mucha dificultad. La atenta mirada de la naturaleza hacía todo más espeluznante. Un banquete para sus estáticas y rígidas aventuras habituales.

Al tocar tierra firme no dio la vuelta para mirarme, solo siguió, mientras la selva se comía su rostro y yo terminaba la botella de Anís a la vez que empezaba a fumar el filtro plastificado del cigarro, con luces lógicas invadiendo la ceremonia de mi hipnotización.

Recosté mi cuerpo sobre el pastizal y pensé en la muerte de algún poeta. Imaginé una muerte esperanzadora, algo como un suicido bélico; belleza en movimiento. Alrededor de esa muerte, había edificios irrumpiendo el paisaje. Muchachos vestidos con sobretodos grises, herencia del post punk. Mujeres con las mejillas artificialmente ruborizadas, un hombre ciego en el acto del arpegio de una criolla con cuerdas de nylon gastadas.

Medí telepáticamente la distancia entre los milicos y mi cuerpo y cuando esta fue la de dos metros, desenfunde un candado y gatille la tranca, atrapando mis dos dedos índices juntos. Ellos dispararon. Nunca llegué a ver la primavera de 1846 desplegada del todo, nunca nadie supo nada de una tal princesa. Nadie llegó a comerse su rostro, nadie nunca pudo reconocer sus colores prendidos de un alambre, nadie nunca supo nada de una tal princesa, esa divinidad subalterna capaz de embriagar un infierno.


Montevideo, 2023.


Entradas más populares de este blog

Pau y sus tiempos

El cierre del Bar Rey

Tengo que trabajar a la mañana