Los tártagos.
Cierra los ojos. Acerca la llama a su cigarro. Deja que suene la orquesta. Abre las ventanas, movimientos corcovos delatan un malestar dulce. El techo ostenta una pintura que a esta altura es solo una mancha arrastrándose en su memoria. Las columnas desfilan las sombras que el sol le entrega. La deja entrar a ella, viva en las grabaciones. Afina su oído para encontrarse con ese rasgueo suave en el violín. Sabe que es el de ella. Lo distingue entre otros quince. No quiere abrir los ojos. El viento es cruel pero tampoco impide su paso. Sabe que está viniendo. Los sueños son mentiras que terminan por quemarse. Las gotas golpean contra el vidrio escuálido de la casa. El frío se zambulle por los burletes. No se permite abrir los ojos. El ambiente se resbala en una niebla que logra comerse las voces, los ruidos, al lago y los árboles. Poco a poco abandona el pupitre y se adentra en un bosque ciego y aparentemente luminoso. Desconoce hacia dónde va, pero encuentra un río azul y un fuerte olor...