El cierre del Bar Rey marca un nuevo hito en el nuevo y posmoderno urbanismo que hace años azota la ciudad de Montevideo. La compra del boliche para, en su lugar, colocar una nueva sucursal de la despiadada cadena de almacenes —o, mejor dicho, mini supermercados— no solo nos consagra, una vez más, como una sociedad en la cual no se vislumbra un futuro distinto a uno donde va a primar una singular y patológica forma de ser unos culos rotos, sino que, poco a poco, se va comiendo una tradición histórica que gran parte de la población desconoce o que siente ajena. El Bar Rey estaba junto a la Plaza Seregni, un lugar particular sobre la calle Joaquín Requena. Ostentaba —lo que a esta altura ya es un mobiliario prácticamente extinto— una barra alta con mostrador desde donde Milauro Rey, y luego José (Pepe), conversaban con los parroquianos y con cualquier otro que se acercara a apoyar el codo sobre la barra, intentando que el tiempo pasara lo más rápido posible. También tenía una máq...