Entradas

.

  Quiero aprender a odiarte Cuando estés con tus caravanas de acero quirúrgico Bajo la lluvia esperando mis lagrimas   Que no caen en tu espacio Por qué vuelvo a solas Tras despedirte   Zambullido en las baldosas Empapadas por el fuego Para dedicarte unos pobres versos Que creo  solo  y a oscuras

33.

  Te pintabas los labios usando el reflejo que te daba la mampara del taxi Tenías gusto al vino criado durante mil años en barricas de roble Que preparamos como perfectos antídotos Para el dolor

Hoy soñé que asesinaban a Dolina.

 Era un martes, temprano. Había una niebla indecorosa que no permitía respirar del todo bien. Yo caminaba, a ritmo cansado por CABA. Esa misma mañana, la muerte soñada de Dolina había atestado mis entrañas. Con diecisiete años conseguí mi primer trabajo. En un puesto en la feria de Tristan Narvaja. Trabajaba con un señor mayor, Daniel, que vendía vinilos, equipos de audio antiguos y demás rarezas  electrónicas anticuadas. Daniel era un jubilado transportista que subsistía con la pensión que le otorgaba el estado. Vendía sus cosas en la feria, y cuando no estaba ahí, se encontraba siempre en su casa o en el cine universitario. Me pagaba una mísera cantidad, que gastaba en la misma feria en verduras y frutas una vez que terminaba el turno. Fue allí, cuando el viejo Daniel me comentó de un programa radial que emitían una vez pasada la medianoche, era el de Alejandro Dolina.  -"A mí me hace reír mucho cuando lo escucho allá en casa" Cuando ya dejé aquel trabajo en la feria, y...

Piel destartalada (a un amigo)

  Aprietan amarillos rotos esos dientes Con el sol qué abraza en enero Latiendo esa voz etérea y caliente Que espero no sea tuya tras ese teléfono   Entre las baldosas picadas florece despacio Y la canción es un letargo que nos hizo daño Nitrato de amilo jugando con el vacío Cayéndose a pedazos, nadie sale vivo   Sí la droga dura Mermó el fuego joven de tu piel Llovieron deseos pendientes del cielo Tras esa pared   La cripta vacía y tus ojos perplejos Un sueño que anida en los espejos muertos Vas a descerrajar ventanas y puertos Soportando el viento caricias y otros intentos.   Abren las puertas oxidadas para machacar tu alma Caras omitidas sonrisas iluminando el cielo El pavor que se siente  vos no das crédito Y volves a la guarida  llorando y con miedo   Beretta del viejo en la mano Todo se marchita  pero eso es lo que ves. Volves a ese sexo  de un cuerpo esparcido Pupilas llamando ...

32.

  "No le tengo miedo a las agujas" dijo el poeta Masacrando el plástico Cuando el odio era bienvenido Despertando la rabiosa indecencia   Se descerrajó una puerta escondida Que había perdido de vista en la lúgubre estadía Pude atravesarla abrirme paso entre los sueños andrajosos   Crucé bordes sinuosos intentando alcanzar las maravillas perdidas   Miré a mis costados   un plato diáfano Saltando   irisaba la puta magia ilustrada Dejando entre ver un circunloquio maligno Cantado por un malevo y su acordeón de viento podrido.   Y no encontré lo que buscaba Nauseabundas emociones de miel cristalizadas Vi a un hombre en un local oscuro y polvoriento Que observaba todo sin poder decir nada.

Sin titulo

  Aquella tarde inhóspita y serena Me devolvió la vida Un gato naranja y vagabundo que lloraba contra una reja Una charla inaudible de dos jóvenes muchachas Un charco en la calle que cantaba cada vez que un auto decidía Hacerlo sonar Un delivery en su moto cargando con la espalda de su pueblo La mesa húmeda El secreto escondido

Calidez en el ambiente infernal.

  La araucaria, plantada en la vereda, llegaba con su alto y robusto cuerpo hasta donde me encontraba yo. Fumando sin ganas en el balcón de un sexto piso en un barrio sin nombre. Sus hojas se agitaban, recibiendo golpes de un enemigo superior que las obligaba a tambalearse, a bailar con el clima y el rumor de la noche. escupía agua residual de una lluvia pasada, directo a mis pupilas y a mi cigarro, que respondía a las agresiones soltando pequeños susurros, pero que eran fulminantes. Al entrar de nuevo a la casa, la noté quieta, desanimada y triste. Quería envolverla de calidez y sentido, así que puse a girar un disco de jazz, Stan Getz o Coltrane, no recuerdo bien quien era su autor. Preparé el ritual al cual iba a someterme en unos minutos, ordenando el despelote y lavando los platos ensangrentados por la salsa rosa. Arrojé los ravioles despedazados que sobraban en el plato, como cadáveres mutilados, a la basura. Tachado eso de la lista, continué por teñir de rojo intenso una cop...